Su madre había muerto en el parto, por eso, desde entonces, había cuidado de ella.
Nunca conoció a su padre ni tuvo ningún interés en hacerlo. Se había conformado a crecer sin la figura paterna, quizá porque su abuela siempre le daba todo el amor necesario.
Es verdad, que alguna vez siendo pequeña, había tenido que soportar las burlas de sus compañeras, que se encaraban con ella. porque habían escuchado en algún rincón, que era hija de padre desconocido, pero siempre tuvo muy claro que si él no había querido conocerla, el sentimiento era mutuo.
Por lo demás, Aurelia era hermosa, muy hermosa.
Un día su mirada se posó en la pared de enfrente de su casa. Alguien había dibujado un rojo corazón, y se emocionó pensando que algún ser anónimo la amaba.
Desde entonces acechaba detrás de los cristales por si encontraba al autor de semejante obra de arte, siempre con el pensamiento de que era dedicado a ella.
Las nubes, el río, la montaña, el puente... eran testigos mudos de su dicha.
Más de una vez se le oyó gritar al viento y chapotear en el agua.
Su alma sensible necesitaba de esos momentos en los que saboreaba la vida y cada uno de sus instantes.
Nadie más que Gabriel sabia sus secretos, por eso desde que descubrió el corazón pintado en la pared, la mayoría de sus conversaciones eran sobre el amor.
Quizá algún atardecer, se bajará del viejo tren el amor que le hará feliz para siempre. Mientras tanto, el corazón rojo le acompaña siempre.