2 de marzo de 2013

LUCIA


Lucia hacia honor  a su nombre, toda ella era un torbellino de luz y color. Cuando llegó a este mundo lo hizo con las primeras luces del día, como queriendo llenar el lugar de sensaciones nuevas aquel amanecer.

Fue una niña alegre y soñadora desde su mas tierna infancia. Le gustaba cruzar el río saltando una  a una sus piedras sin caerse al agua, y si alguna vez no lo conseguía, chapoteaba riendo a carcajadas mientras el agua la acariciaba con ternura.

Al otro lado del río estaba el viejo molino donde los lugareños venían a moler el grano de su cosecha. Julián el hijo del molinero, era un guapo muchacho de piel tostada por el sol y brazos fuertes para el trabajo. Tenía los ojos negros y el pelo ensortijado. De carácter vital y muy divertido, cuando divisaba a Lucia a lo lejos le gritaba con fuerza: "¡Lucia, Lucia, mi niña querida!"

A Lucia le gustaba mucho que él dijera su nombre a los cuatro vientos y que lo escucharan los pájaros y las flores. Era como si la estuviera declarando su amor sin tener miedo de nada ni de nadie.
Lo que no sabía Julián, era, que Lucía se había enamorado de él hacia tiempo.

Julián era unos cuantos años mayor que ella, y tenía novia formal.
Muchos días al atardecer, volvía con sus mulas de entregar el grano molido por los pueblos cercanos, y le gustaba pararse en la ventana de Teresa.
Teresa era su novia. Poseía la figura más bonita del lugar, y cuando movía sus caderas, las callejas se llenaban de murmullos complacientes de unos y otros...
Precisamente esos andares eran los que habían enamorado hasta las trancas a Julián, y soñaba con desposarla y hacerla su molinera del alma.

Mientras tanto Lucia sufría en silencio. Le gustaba refugiarse en la orilla del río y contarle su pena a las nubes. Mucha veces podía sin ningún esfuerzo ponerles nombres a cada una según sus formas. Eran diálogos  de viejas amistades, donde una vez más la magia de la luz de la tarde se fundía con su nombre.Solo el agua, las piedras y las nubes, sabían su secreto.

Lucía, poco a poco fue perdiendo casi toda la luz y el color que siempre le habían acompañado, y una palidez cetrina se reflejaba en su joven rostro. Al principio, su abuela, su madre y el resto de las mujeres de la familia pensaron que estaba creciendo, y se les oía decir : "es que está en una edad muy mala"
Pero, no... era otra su pena...

Un día, las campanas del lugar, llenaron con sus alegres volteos los rincones del valle proclamando a los cuatro vientos la jubilosa noticia. Teresa y Julián se casaban.
Lucia, no pudiendo contener su dolor, se escapó al río y lloró amargamente. Sus lagrimas, al caer, se mezclaban con el agua aumentado su caudal y aliviando su pena, porque la corriente se las llevaba río abajo.

Hoy, después de muchos, muchos años... ha vuelto al molino. Solo queda un montón de piedras caídas. La maleza lo afea todo.
Casi no hay piedras para cruzar al otro lado, pero una vez más se ha sentado a la orilla del río y se ha reencontrado con sus fieles amigos; las nubes, el río, las piedras...

Después, se aleja despacio mientras sonríe,  recordando su primer amor.