Cada Primavera acudo como en un ritual a un rincón con encanto de Zizur Menor.
Cercana ya la primavera y apunto de terminar el invierno, este árbol me regala la belleza de las mimosas recién abiertas a la vida en todo su esplendor.
Él sabe que voy a acudir a la cita y estoy segura que se prepara para el encuentro vistiendo sus mejores galas.
Contemplar despacio esta maravilla de la naturaleza se ha convertido en un placer que la vida me regala.
Cerca del arbolito hay una casa cercana donde siempre luce un bonito jardín que también suelo visitar. Siempre pensé que unas manos femeninas se ocupaban de acariciar esas bonitas flores de variadas especies y las cuidaba con primor.
Al ver este año el jardín muerto, pensé que su cuidadora nos había dejado, dejando ese rincón huérfano de amores.
Pero no.
De repente, apareció una anciana de dulce mirada, pelo blanco, vestimenta impecable, sonrisa cercana y corazón noble.
Venía con su andador y se paró a mi lado sonriendo. Al instante comenzamos una conversación muy animada, que parecía nos conocíamos de siempre.
Me dijo se llamaba, Conce, tenía noventa y un años, y sus primorosas manos daban vida al jardín cada Primavera.
Pero con el paso del tiempo, debido a su movilidad, un día se cayó al suelo sin poder levantarse al intentar arreglar la tierra y se vio en la obligación de desistir y esperar a que algún hijo le ayude. Claro, que con la falta de tiempo que tienen los hijos, no sé si va a ser posible.
Mi conversación con Conce se volvió íntima y me contó su día a día, sus rutinas, la amistad con vecinas y amigas, la ayuda de sus hijos que viven cerca, su ilusión por la vida, los recuerdos del pasado y la complicidad con el arbolito al que ha visto renacer desde siempre.
Incluso que una vez le robaron veinte macetas preciosas que tenía a la puerta de su casa en una noche. Y salió en la prensa como manera de denunciar el hecho y evitar se repitiera.
Nuestra conversación se vio interrumpida por la llegada de una hija que venía a comer con ella.
Me la presentó y nos saludamos afectuosamente, mientras charlábamos un rato.
Me alejé pensando en la suerte que había tenido de conocer a Conce. Un regalo de la vida, además del de la belleza de las mimosas.
.jpg)

.jpg)
3 comentarios:
Te estaba viendo arremangándote para ayudar a cuidar el jardín a tu nueva amiga Conce.
Maripaz, qué hermoso este rito tuyo de volver cada año a las mimosas, como quien visita a una vieja amiga que siempre cumple su promesa de luz.
Tu relato tiene ese don tuyo de unir paisaje y vida, y de pronto las flores amarillas se mezclan con la historia de Conce, con su jardín detenido y su sonrisa intacta.
Hay encuentros que parecen pequeños y, sin embargo, nos reconcilian con el mundo; este que cuentas es uno de ellos. La belleza del árbol y la dignidad de esa mujer de noventa y un años se abrazan en tu mirada con una ternura que conmueve.
Gracias por compartir este regalo doble: la naturaleza que despierta y la humanidad que permanece.
Muy bonito. Tienes facilidad en hacer amigas. Te has ganado otra; la dueña de un árbol precioso. como tu texto. Un abrazo, Maripaz
Publicar un comentario