Era un día de fiesta y se puso su vestido de colores y una flor en el pelo. Se calzó los zapatos de tacón para ver el mundo desde un poquito más arriba y salió de casa.
Contoneándose camina dispuesta a saborear la mañana recién estrenada.
A lo lejos, las notas de un pasacalle pone alas a su corazón mientras aligera el paso.
Va en busca de esas notas musicales mientras saluda a un lado y otro con la mano.
Por las ventanas algunos ojos curiosos la van siguiendo.
Después, al llegar a la plaza, Manuel, la toma de la cintura y ambos emprenden un baile loco con el frenesí propio de enamorados.
Los viejos del lugar sonríen con sus desdentadas bocas haciéndose un guiño de complicidad.
Los niños acompañan con palmas y se marcan algún paso con sus pequeños y torpes pies.
Un perro callejero aparece por una calleja y observa la escena curioso.
Adolescentes de belleza recién estrenada bajan por la calle mayor dándose empujoncitos llenos de complicidad.
Una mujer asomada al balcón llama a su hijo a voces.
Suena y suena la música cada vez más fuerte.
Los pasos de los bailarines se enlazan entre si llevando el son de la música.
El bullicio inunda la plaza y la alegría es contagiosa.
Entre risas, bailes y besos se ilumina aquel rincón.
Es mediodía y la fiesta no ha hecho más que comenzar.

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