27 de junio de 2022

LA BELLEZA DE LA VIDA .


 

Son la diez de la mañana y la puerta del patio está abierta.

Está en obras la parte de la entrada principal y se ha acondicionado esta para poder salir y entrar al edificio.

Un aire frío cala los huesos de los allí presentes. Apenas hace unos días teníamos cuarenta grados y un calor insoportable.

Las gentes van y vienen por la avenida cercana ataviadas con la ropa más variopinta. Este cambio de temperatura nos ha pillado a contramano y con la ropa de abrigo guardada a buen recaudo para el próximo Otoño.

Personalmente, llevo unas sandalias abiertas y un vaporoso vestido veraniego combinado con una chaqueta que apenas me alivia de los rigores de una mañana bastante fría.

Enseguida van llegando familiares y cuidadores de los residentes y tocan el timbre. Como en un ritual, nombran al familiar o la persona que cuidan, para dar cuenta al personal de que le esperan abajo.

Al rato, se abre la puerta que ha estado cerrada desde la llegada, y se dejan ver unas manos que suavemente llevan a los residentes arropados en su silla de ruedas.

Es un momento especial por la carga emotiva que comporta.

Una mujer menuda, entrada en años, muy arreglada, con una bonita sonrisa, se acerca a una de las sillas, donde un hombre de su edad más o menos, con los ojos cerrados, parece no darse cuenta de su presencia.

Pero ella, se acerca, lo besa, lo acaricia, lo achucha, mientras grita de contento.

Al instante, el hombre abre los ojos y parece reconocerla.

O quizá no.

Pero si la siente.

Hay una comunicación no verbal.

El mundo desconocido de los enfermos de Alzheimer, siempre me impresiona enormemente.

¿Hasta donde son capaces de entender?

¿Sienten el afecto que se les intenta dar?

¿Tienen algún momento de lucidez?

Las miradas a veces hablan más que las propias palabras.

A pesar de que el sol no ha hecho acto de presencia, se me antoja que hay una luz especial en el ambiente.

Es la luz del amor incondicional hecho vida.

Ambos se funden en un abrazo que abarca el infinito de la belleza más pura.

Pareciera que era una cita de enamorados, como tantas otras.

Y se me saltan las lágrimas, mientras ella empuja la silla y les veo alejarse por la acera cercana.

La calidez del momento vivido, ha hecho que olvide el frío.


Poco a poco van saliendo, como pequeños niños a la salida del colegio.

Fuera, les esperan como antaño, manos cariñosas y afectivas que velan por ellos. 

Hay besos, risas, ternura...

Como al comienzo de la vida, aunque sea ya el final.

Y es que necesitamos el amor para condimentar nuestra existencia en cada etapa de la vida.

Para la persona no habituada a estas sencillas rutinas, y que hoy acompaña a su amiga, todo es novedad.

Manuel, hombre guapo, de porte señorial, llega empujado levemente de la mano de una auxiliar en su silla de ruedas estrenado una camisa de cuadros con una chaqueta a juego que le hace muy atractivo.

Su mujer, Lola, le presenta a su amiga con enorme ilusión.

-Mira, Manuel, mi amiga Soledad.

-¿A qué es guapa?

Soledad, se acerca a Manuel y le toma la mano.

Él, la mira fijamente.

Es un instante, en que parecen encontrase sus almas.

O quizá así lo percibe ella en su ingenuidad.

Pero el milagro ha tomado cuerpo, y Manuel esboza una pequeña sonrisa que le hace más guapo si cabe.

Su mujer, le abraza, le canta, le baila...

Y se pierden los tres hacía la cafetería cercana.

Esa cafetería es el lugar de encuentro de las almas sencillas y buenas, tocadas por la enfermedad cruel que borra los recuerdos de la vida.

Allí se reúnen compartiendo su dolor, su pena, su desencanto, junto con vecinos del lugar que toman un café rutinario plagado de la soledad de la vejez.

Y se forma la "cuadrilla" de amigos que comparten todo.

Una vez más, la amiga invitada para la ocasión, se siente como una intrusa en aquel rincón sagrado.

Pilarcho, una mujer mayor, saluda a Manolo al llegar.

Vive en el piso de al lado y baja a tomar café cada mañana.

Tiene el pelo rojo, sonrisa pícara, ademanes traviesos y ojos hermosos.

En la mesa de al lado, una mujer rubia habla con su perro.

Hacía mucho tiempo que no veía a una conocida y se ha alargado la conversación.

El perro ladra insistentemente llamando su atención.

Por eso, al llegar, trata de hacerle comprender su tardanza.

Es un perro anciano, casi ciego, que solo se siente seguro al lado de su dueña.

Como ser vivo, y con las características de los seres vivos, también le ha llegado la hora de la vejez y lo que ello comporta.

Cuando logra calmarlo se acerca al grupo.




La mujer de Manuel, cada día le compra una exquisita torrija, un café y un zumo, y se lo va dando poco a poco con infinita ternura.

El tiempo se ha parado en aquel rincón.

No hay prisa alguna.

Una paz inmensa me atrapa, ante la grandeza de esos seres que aman desinteresadamente.

Un pequeño gorrión se ha unido a nosotros. 

Intenta coger con su pico unas migajas de un bollo en la mesa cercana.

Creo que ha captado la buena sintonía que allí reina y se suma al encuentro.

¡Es precioso!

Se le ve tan desvalido...

Casi, casi como Manuel.

Saco el móvil par captar la instantánea, pero se asusta y vuela veloz.

Después, lo que allí ocurre es pura poesía.

Las tres mujeres cantan y bailan a la vida, con una coreografía improvisada, pero muy artística, bajo la atenta mirada de Manuel.



Y se vuelve a obrar el milagro.

Igual que el de las flores del jardín pletóricas de belleza.

Manuel, sonríe y sonríe sin parar.

Como si pudiera revivir ese amor inmenso que su mujer le profesa y él a ella.

¿Quién dice qué no se haya abierto el dique de su memoria y se haya desbordado con la pasión de la primera vez el agua limpio del puro amor?

Tan solo conocemos como se va perdiendo la función cerebral y afecta a las partes del cerebro que controlan el pensamiento, la memoria, el lenguaje, hasta perder los recuerdos y los nombres de las personas amadas.

Pero quizá depende de la fase en que encuentre la enfermedad. 

A lo mejor, por unos instantes, como pequeños fogonazos de luz, son capaces de rescatar pedacitos de su propia historia. A través de una canción, una sonrisa, un beso...

La intrusa, cada vez se siente más y más emocionada.

Aquellas maravillosas mujeres le acaban de dar una lección que no olvidará fácilmente.

Llega el momento de la despedida.

Cada una regresa a sus quehaceres.

Manuel, mira a la intrusa y pronuncia una palabras ininteligibles.

Como si quisiera dar fe de que lo hemos pasado genial, y me invitara a volver.

A la vuelta, pasamos por la puerta del Psiquiátrico.

Hay allí apostados residentes que acaban de llegar de su paseo. 

Gente variada.

Jóvenes y menos jóvenes.

Con la mirada perdida, el dolor reflejado en su rostro, sus pasos vacilantes y un rictus de desamparo.

Alguno, saluda al pasar.

Otros gritan para hacerse notar.

Están en su pequeño mundo.

Olvidados de la sociedad y algunas veces de las instituciones.

Como si fueran invisibles.

Tan solo la mirada de sus familiares les mantienen vivos.

Cada uno con su propia historia, su personal rostro, su carácter, su pasado.

La gente pasa deprisa, a sus quehaceres. Sumidos en la vorágine de la prisa por llegar a ningún lugar, con preocupaciones a veces banales y ridículas.

Tenemos miedo del dolor. No somos capaces de mirarlo de frente.

Nos asusta la enfermedad y la muerte.

Y se cierran de nuevo las puertas, esperando que se vuelvan a abrir mañana cargadas de nuevas ilusiones para esas almas olvidadas que la sociedad trata de esconder.

P.D. Quizá parezca el título poco apropiado para el relato, pero lo he puesto a propósito. Me parece que a veces confundimos la belleza de la vida con baratijas de colores. Acudí con una amiga a visitar a su marido que padece Alzheimer y lo que viví no lo voy a olvidar fácilmente.


13 de junio de 2022

VERANO

 


Aún no ha comenzado el verano y el calor hace días se ha adueñado de las calles.

Todo el mundo habla de las altas temperaturas y el cambio climático.

Aún así la gente no para en casa.

Terrazas, piscinas, bares, conciertos, están a rebosar.

Y escucho en la radio que las reservas en los hoteles y zonas de veraneo están a tope.

Parece que quisiéramos resarcirnos de aquellos días en que tuvimos que estar encerrados en casa, o con muchas limitaciones a la hora de movernos de acá para allá.

Después de la experiencia y lo que ahorramos, estamos deseando vivir.




Yo, estos días ando perezosa para escribir.

La "caló" como dicen en Sevilla, me aplatana y hace que las musas no me acompañen.

Además, suelo cerrar en verano el blog.

Suelo decir que las bicicletas son para el verano y los blogs para el invierno.

Eso si, nada más baja la temperatura aprovecho para pasear por el campo y robar la belleza de la naturaleza con mi cámara fotográfica.




Ya están los trigales en sazón formando un mar de espigas doradas que se mecen al arrullo de la suave brisa.

Me encanta escuchar el canto de los pájaros que se funden con mis pasos peregrinos de rescatar lo bello.

Y aunque no haga el "Camino de Santiago" como muchos peregrinos a los que veo pasar por él, mi alma inquieta se siente afortunada de disfrutar de tan bellos paisajes a la puerta de casa.

Además, estos parajes están ligados a mis amigos andaluces a los que acompañé en su peregrinar, aunque fuera por media hora solamente, cuando pasaron por aquí no hace mucho.




 Pero también me suelo ir al centro para disfrutar del ambiente sanferminero que ya se escucha por los rincones.




Y siempre me encuentro con mi amigo, Iker y sus amigos, amantes de la fiesta, la música y la alegría como yo.




Estamos hambrientos de la fiesta de San Fermín después de dos años sin poder celebrarlo.

Suelo acudir acompañada de mi cámara fotográfica dispuesta a captar la fiesta popular, esa que las teles no suelen contarnos. Porque vende más el morbo.

Ni los Sanfermines se libran del uso del móvil...jejeje.

Esta instantánea hecha al azar habla por si misma.

Después, cerraré mi blog y me iré a pasar el verano a Guardo, pueblo muy querido, donde me esperan mis amigos.

21 de mayo de 2022

LA CALÓ.

 


Nos ha llegado "la caló" como dicen en Sevilla, sin esperarlo.

De la noche a la mañana nos hemos visto obligados a sacar la ropa de verano y guardar la de invierno.

Las calles se llenaron de gentes con la piel muy blanca y caminando con desgana por las altas temperaturas.

Personalmente, me he visto, además de blanca, llena de manchas cada vez más acentuadas por el paso del tiempo y debido a mis largos años en el sur. Allí, el sol, aprieta en las horas punta de una manera tremenda.

A las cuatro de la tarde, muchas veces he jugado un partido de tenis, después de haberme sumergido en la piscina y con la ropa de deporte mojada, sin temor alguno.

¡Bendita juventud!

Ahora en la vejez, conservo manchas por todo el cuerpo, pero sobre todo en la cara, cuello, brazos y piernas.

Estéticamente no me favorecen nada de nada. 

Eso si, observo cualquier cambio que puedan tener alguna de ellas, por si acaso...

Pero además, he ganado peso,  he perdido tamaño y soy un poco más ancha que antaño.

Bien es verdad que me he mantenido hasta ahora bastante bien para mi edad. 

Bueno, después de verme y aceptar el cambio, me he liberado.

Tengo claro que lo importante es seguir viva.

Amo el verano, el sol, la luz, los días largos.



La vida es un caminar constante.

Me gusta observar ese ir y venir de las gentes por un camino plagado de amapolas y trigales.

Por él, los peregrinos aguantan estoicamente las inclemencias del tiempo hasta llegar a Santiago.

-¡Buen camino!

Les digo al pasar.

Y me sonríen, o me saludan, a veces con un español aprendido para la ocasión.


Cada Primavera tengo cita con las amapolas. 

Conservo con ellas una amistad desde que las encontré por vez primera a mi llegada a este lugar.

Puedo estar horas contemplándolas extasiada.

Y me gusta conservar viejas amistades.

Como la de mi joven amigo, Mohamed.

Fue mi vecino al llegar a mi nueva casa. 

Era un niño de pelo ensortijado y ojos muy vivos, que enseguida conectó con mi alma inquieta, con apenas diez años.

Nos hicimos muy amigos, junto con su hermana un poquito mayor que él.

Pero a mi vuelta de Guardo, después del verano, se habían mudado y no les volví a ver.

Esta mañana estaba en el super, y de repente, se acerca a mi un chicarrón muy alto. Sonriente, amable, pelo ensortijado y ojos vivos.

¡Era Mohamed!

¡Qué ilusión!

Nos abrazamos como suelen hacer los amigos después de mucho tiempo de ausencia.

Ha crecido mucho, pero su cara le delataba, aunque al principio me costó reconocerle.

Su sonrisa amplia, cautivadora, tierna,  y su mirada pícara y divertida era la misma.

Y sobre todo, el afecto con el que se acercó a mi.

Suelo decir, que uno recoge lo que siembra. Me gusta ser generosa en la siembra del cariño por donde quiera que voy. Y suelo encontrar mi recompensa con creces.


"Ve a ver las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo" dice el zorro al principito.

Los cuidados con los que la había colmado, habían creado un vínculo afectivo, que la hacía especial.

Así, mi amistad con Mohamed, es única y a pesar de la distancia sigue viva a través de los vínculos que creamos cuando estábamos cerca.



Como en un mar infinito, el trigo y las amapolas bailan con el viento acariciándose entre si. Es como una coreografía entrenada paso a paso, pero con la belleza de lo genuinamente bello .

Suelo contemplarlas sin acercarme demasiado, no sea que con mi presencia se despierte la magia de esos instantes.

Las gentes van charlando de sus cosas sin apenas darse cuenta.

Tan solo, algún peregrino del Camino de Santiago que va en silencio se percata de esa belleza.

Los silencios son capaces de rescatar lo bello y lo bueno que la vida nos regala de manera más inmediata.

Las voces, el ruido, hacen que nos disipemos de lo importante.

El sol de justicia me besaba una mañana sin ningún recato.

Caminé largo rato saboreando la vida.

Al llegar a casa lucía muy buen color y me dolían menos los huesos.

En cuanto a las manchas, que les den...




13 de mayo de 2022

PRIMAVERA

 


En Primavera me gusta pasear con mi cámara al hombro intentando rescatar algo bello.

Vivo rodeada de campo y pequeños pueblecitos diseminados por la zona y muy cercanos entre si.




La flor de la colza me sorprendió al llegar aquí, pues la desconocía.

De repente, los campos amarillos aparecían ante mi pletóricos de belleza.



Y también de amarillo se tiñeron los campos con la belleza de los girasoles.

Comprendo el empeño de Van Gogh en pintarles en Arles, e impresionar con una serie de cuadros a su amigo Gauguin como un gesto de amistad.

Para un hombre tan atormentado como él, el color amarillo era el emblema de la felicidad y necesitaba plasmarlo en sus lienzos.

Ese color representaba su mundo interior. El amarillo era para él, la vida, la luz, el color.

Así se lo manifestaba a su hermano Theo en una de sus cartas.

"Ahora tenemos un calor magnífico e intenso y no corre nada el viento, es el adecuado para mi. Un sol, una luz que, a falta de un calificativo mejor, solo puedo definir con amarillo, un pálido amarillo azufre, un amarillo limón pálido. ¡Qué hermoso es el amarillo".


Apenas se ven mariposas libando, por eso, nada más veo alguna, suelo estar largo rato tratando de hacer una bonita fotografía.

Como voy sola, puedo permitirme el lujo de ir a mi bola, como se suele decir.




Para hacer fotografías, o vas solo, o con alguien que le guste tanto como a ti y también lleve su cámara con la misma intención. Si no, es un rollo para el acompañante.




En silencio, y muy despacio, le robo su intimidad, antes de que se vaya de flor en flor.



Tampoco se ven muchas amapolas. 

Pero su sencilla belleza me atrapa siempre.

Son muy sensibles y con un soplo de aíre se deshojan.



Los campos se llenan de los trinos de los pájaros que se posan en las ramas con sus maravillosos conciertos.

Es difícil captar una instantánea, pues nada más sienten el click de la máquina se alejan temerosos.



También el trigo comienza a hacer su aparición por los caminos.

Poco a poco se vestirá de oro la cosecha. 

Me gusta al atardecer verlo bailar con el viento.

Me encanta el campo, aunque también tengo mi parte urbanita.

Donde vivo, tengo ambas opciones a un tiro de piedra.

Me gusta la vida.

Como dice una canción del Grupo Funambulista:

"A mi lo que me gusta es eso.

Ponerme a sonreír sin medida.

Mojarme hasta calarme los huesos.

Ay, a mi me gusta la vida"

28 de abril de 2022

SECRETOS A MEDIA VOZ

 


A esas horas en las que el sol comienza a despedirse en el horizonte, y la tarde se viste de poesía por los rincones, se hallaban un grupo de mujeres sentadas en el soportal de una casa, protegiéndose de los rigores del largo estío.

Enfrascadas en sus banales y rutinarias conversaciones sobre los programas del corazón de la tele, se vieron sorprendidas por la llegada de dos mujeres con muy buena planta, de andares sueltos y sonrisa burlona, ataviadas con finos y atractivos modelos de temporada.

Eran dos amigas que habían acudido a aquel rincón con motivo de una visita familiar.

Todas las miradas se volvieron con enorme interés hacia las recién llegadas.

Era como si un espectáculo televisivo de esos que tanto les gustaba, hubiera llegado hasta ellas, así, de repente, pero en fino.

Sin voces, sin increpar, sin corregir, sin reprender, sin sermonear. 

Elegantemente, con gusto, con simpatía.

Daba la sensación, de que, los ojos de aquel grupo de mujeres se iban a salir de las órbitas, por el interés que mostraban en escudriñar a aquellas féminas que habían roto con su presencia la paz de la tarde.

Aquellas reuniones, eran sagradas. El tiempo en que se afanaban por comunicarse sus cuitas, sus planes y la problemática de sus rutinas diarias. 

Era un pueblo muy pequeño, con pocas posibilidades de tener actividades que alimentaran su espíritu.

Y en aquel ambiente de compañerismo femenino, se arrogaban la facultad de hacer crítica -no muy constructiva a veces- de juzgar a quien pudiera traspasar sus dominios.

Viejos prejuicios anclados en costumbres ancestrales se codeaban con la razón.

Siempre respetando esas costumbres sin salirse ni un palmo de lo establecido.

Eran buenas personas, no cabe duda.

Quizá, un poco limitadas en sus apreciaciones, en las que ellas creían tener la razón.

Pero ¿Quién no se equivoca?

Lo único perverso, quizá, era el llevar chismes de acá para allá sembrando cizaña sobre la vida de los demás.

Ideas que se formaban, a su manera, por el simple echo de observar lo que veían a primera vista.

Sin profundizar más.

El correveidile, formaba parte de sus vidas de manera trapichera y embustera.

Lo mismo te subían a un pedestal, que te arrojaban a las tinieblas de un plumazo.

Y por supuesto, se sentían orgullosas de su pertenencia al grupo.

Es una reacción emocional la que les llevaba a juzgar la primera impresión a través de los rasgos faciales y físicos y su comunicación no verbal.

De ahí pasaban a denominar buenos y malos, y si el sujeto era de fiar o no.

También intervenían la envidia y los celos, que surgen de las necesidades no cubiertas y emociones mal gestionadas.

Todo un mundo oculto en su interior y próximo a salir al exterior a la menor ocasión.

Las dos amigas saludaron atentamente al pasar.

Ellas, respondieron al unísono clavando sus miradas en ellas hasta perderlas de vista.

El resumen del juicio vendría después, mientras ellas se alejaban calle abajo.

No en vano decía Bertrand Russell: "El interés generalizado en el chisme está inspirado, no por conocimiento, sino por la malicia: nadie chismea sobre las virtudes secretas de otras personas, sino sólo sobre sus vicios secretos.

19 de abril de 2022

ROSA


 Rosa tenía la piel morena y unos ojos muy bellos. Cuando reía, se podía ver al lado del pómulo derecho un hoyuelo travieso que le daba un aíre pícaro y acentuaba su belleza. De pelo suave y abundante y pequeña nariz . No muy alta de estatura, pero muy bien proporcionada. Era delgada y poseía unos andares de diosa al caminar.

Educada en los valores tradicionales de la época, aspiraba como todas las mujeres de su familia y entorno a encontrar un buen marido, casarse y tener muchos hijos.

Manuel, hacía tiempo se había fijado en ella y la rondaba por las esquinas del pueblo. Una mirada aquí, un piropo allá, una sonrisa en el momento oportuno...

Lo que más le gustaba era sacarla a bailar.

Entonces, se formaba entre la cercanía de sus cuerpos, una corriente de complicidad y deseo, que alimentaba las ganas de compartir su vida para siempre.

Paseaban cogidos de la mano a la orilla del río, mientras los chopos eran testigos de algún beso robado.

El roce de sus cuerpos al caminar, alimentaba la pasión con vehemencia, temiendo perder la razón ante la incitación al deseo sexual que les acechaba.

Pero ambos se abstenían de pasar los límites establecidos.  El decoro, la decencia, el honor, la dignidad, las normas morales, campaban a sus anchas en una sociedad conservadora de aquel pueblo de montaña.

De alguna manera, eran presos de convencionalismos anclados en viejas doctrinas religiosas y represoras, que acataban, porque formaban parte de comportamientos culturales ancestrales heredados de sus mayores.

 Así transcurrían los días de Rosa enarbolando la bandera de su amor por Manuel.

Sus corazones ansiaban unirse para siempre, y dar rienda suelta a su enamoramiento.

Pero llegó a la zona una familia de empresarios hoteleros, con la intención de establecerse y apoyar este sector, comprando un viejo hotel desvencijado en el pueblo cercano y más grande de la comarca.

Era gente de mucho poder adquisitivo. Se instalaron en una enorme casa a las afueras, mientras les hacían una de nueva planta.

La familia tenía varios hijos. Alguno en edad de merecer, como se solía decir por aquellos lares.

El mayor de ellos tenía veinte años y se llamaba Pablo.

Una mañana de Primavera, Rosa y Manuel paseaban por la plaza, cuando Pablo les vio. 

Pablo, se sintió aturdido ante la belleza serena de Rosa.

Los ojos de Rosa y Pablo se encontraron. Fue un  instante, en que el espíritu de ambos se fundieron en una luz desconocida.

Y nada volvió a ser igual para Rosa.

Pablo comenzó a cortejarla, a hacerse el encontradizo, a piropearla cuando no estaba delante Manuel.

Rosa, sufrió una transformación en su interior, mientras le corroía la duda.

Al principio, intentó que no tomara fuerza aquel sentimiento desconocido, pero poco a poco le fue invadiendo por dentro, hasta adueñarse de sus entrañas.

Y no pudo más.

Se dejó llevar por la simpatía de Pablo, por su buen humor, por su romanticismo, sus modales, su atrevimiento, su manera de ver la vida, y hasta el futuro.

La familia de Rosa, muy devota, preguntó al cura, que debían hacer ante aquellas circunstancias, pues de todos era sabido que Rosa y Manuel, estaban a las puertas de su boda.

El cura, después de haber analizado el asunto, se decantó por aconsejarles que escogiera a Pablo, puesto que al estar mejor posicionado a nivel cultural, de posesiones y dinero, a Rosa le iría mejor. 

Deducía el presbítero, que en cuestión de amores, no hay que desdeñar el dinero, aún a costa de dejar a un lado los sentimientos más nobles.

Rosa y Pablo se casaron, dejando a Manuel con el corazón roto.

Pablo, mandó construir una preciosa casa cerca del río, en una huerta llena de árboles frutales.

Y allí, en su nido de amor, lleno de las más codiciadas pertenencias, comenzaron a llegar los hijos.

La familia de Pablo, ya establecida, veía llenar las arcas de ganancias de los negocios hoteleros, y de rebote a sus hijos, que eran los reyes del lugar.

Rosa, veía todas sus necesidades cubiertas generosamente. Tenían servicio, los mejores muebles, vestidos, enseres...

En su mesa, se podían degustar los mejores manjares y los buenos vinos de la zona.

Pablo, la colmaba de su amor cada instante.

Era un amor apasionado, loco, emocionalmente desconocido para ella. Corría por su cuerpo, como un torrente de emociones incontrolables en las que se sumergía sintiéndose viva.

Como fruto de ese amor, nuevos vástagos llenaban de alegría la vida de Rosa.

Ah, pero...

Siempre hay un pero en la vida.

Con el paso de los años, Pablo se volvió huraño, controlador, misterioso...

¿Qué le estaba ocurriendo?

¿Por qué se comportaba así?

¿Ya no la quería?

Todas esas preguntas se las hacía, Rosa, llena de impotencia.

Pablo, cada vez llegaba más tarde a casa. Apenas comía y dormía.

Ojeroso y con un humor de perros, mostraba un carácter autoritario y cruel con ella y sus hijos.

Ella, no sabía a quien acudir, para saber que era lo que estaba pasando en el entorno de su marido que le había vuelto loco de repente.

La convivencia se hizo insoportable.

Hasta que una mañana llamaron a la puerta con una orden judicial de llevarse muebles y enseres de valor, como reclamo de una deuda de una apuesta de juego.

El mueble del salón, de madera noble y figuras torneadas fue arrancado de su lugar, ante la mirada atónita de Rosa.

Hacía meses que Pablo, acosado por la ludopatía se había convertido en un enfermo, incapaz de dejar el juego.

Hasta tal extremo llegó, que un día se jugó la casa y la perdió.

Rosa, no pudo más y regresó a su pueblo cargada de hijos y con lo puesto.

Para entonces, Manuel estaba casado y con hijos.

Más tarde, en una subasta de muebles, el hijo mayor de Rosa y Pablo, ya casado, queriendo rescatar un poco de su historia familiar, pujó hasta llevarse a su casa el mueble del salón.

Y allí le tuvo como recuerdo de sus días de infancia. Él tuvo que hacer de padre para sus hermanos y aliviar el dolor de Rosa, su madre.

A la orilla del río, está la vieja casa, testigo mudo de aquel amor de Rosa y Pablo.

Cuando hijos y nietos pasan cerca, la emoción les embarga.

Rosa, murió muy mayor. Siempre serena, amorosa, sacrificada, guapa y dolorida, como las vírgenes de su tierra enlutadas en las procesiones de Semana Santa.

P.D. De repente se pone la letra más grande. No sé que pasa...




11 de abril de 2022

CARTA A DANI.

 


Querido Dani:

No tuve el privilegio de conocerte de cerca. Tan solo alguna vez, mis ojos se tropezaron con tu sonrisa, pero no recuerdo haber hablado contigo nunca.

No supe como era el tono de tu voz, la inflexión verbal a la hora de referirte a tus familiares y amigos.

Y me hubiera gustado, no creas...

Según los que te conocieron bien, eras un hombre bueno, y eso ya dice mucho de ti.




Un gran amigo de sus amigos, generoso, divertido, servicial, alegre compañero.





Todo lo que he leído acerca de ti estos días, se centra en esos adjetivos que hacen tu figura grande, muy grande.



Amabas la naturaleza y las preciosas montañas palentinas, testigos mudos de tu presencia y de tantos amaneceres y atardeceres que tan bien has plasmado en la belleza de tus magníficas fotografías.

Muchas veces te manifesté mi admiración al darle al like en tu muro de Facebook.

Y amabas la nieve en la montaña y el placer de deslizarte por las pistas saboreando la vida.

Precisamente, la blanca nieve te acunó rumbo a lo desconocido.

Me gusta pensar, que como una buena amiga te cobijó en tu último suspiro.

Ya le hubiera gustado a tu querida madre acogerte en sus brazos en esos dolorosos momentos y hacer más suave tu caída.

Esa madre buena, que se ha quedado rota de dolor sin saber cómo va a seguir viviendo.

No es la primera vez que pasa por ello.

Tu padre, también falleció de manera inesperada en un trágico accidente, y la herida, aunque cicatrizada, aún duele.

Entre todos los que la queremos trataremos de ayudarla a sobrellevar su pena.

Y además, están tu mujer y tu joven niña.

No puedo imaginar el dolor tan intenso que su corazón albergará en estos momentos.

Para tu mujer, el tiempo se ha detenido, porque el destino le ha arrebatado su amor y no encuentra consuelo.

Tu niña, ya no podrá llamarte papá, ni abrazarte, ni acudir a las montañas contigo.

También, tu hermano, tendrá el corazón destrozado. Me consta que estabais muy unidos.


Como reza una sevillana: "Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va, y va dejando una huella que nadie puede borrar".

Con esta misma letra me quiero despedir de ti: Algo se muere en el alma, cuando un hijo, un hermano, un marido, un padre, un amigo se va, y va dejando una huella que nadie puede borrar.

La huella que tú dejas es imperecedera, porque tu ejemplo es el mejor legado que hemos recibido aquellos que tuvimos la suerte de conocerte.

In Memoriam.

P.D. Hace unos días nos dejaba Dani en un trágico accidente que llenó los titulares de los periódicos. Era hijo de una amiga mía, y aunque nuestra amistad es reciente, tiene un poso que se ha ido forjando día a día. Con este texto quiero abrazarla en la distancia y enviarla mi cariño.

8 de abril de 2022

MIRADAS EN BLANCO Y NEGRO

 


Era una mañana soleada en una playa del sur.

Disfrutaba junto con mi familia de unas vacaciones navideñas.

Tenía mi cámara al hombro, vieja amiga de aventuras.

De repente, a lo lejos divisé a una pareja caminando despacio. 

Eran dos personas con unos años a sus espaldas. Me maravilló su ternura en el trato, su delicadeza, su amor...

Al llegar a la zona de la arena, él la ayudó a sentarse y la despidió con un beso.




Después, le vi alejarse por la orilla hasta meter sus pies desnudos en el agua y sentir las caricias de las olas.

Era un día en que la mar estaba tranquila, apacible, mansa, reposada, serena, sosegada. 

Y pensé en aquel hombre y su historia al atardecer de su vida.

Se me antojaba que gozaba de una paz semejante a la del mar.



Ella, permanecía quieta con los pies descalzos en la arena. Parecía que se dejaba besar por aquel sol invernal que le había salido al encuentro.

Ambos, habían aparecido ante mis ojos y mi alma inquieta en un instante en el que yo estaba a merced de mis acompañantes. 

Cuando voy en compañía de familiares y amigos, procuro no dejarme llevar de lo que a mi me gustaría hacer, pues ellos son mi prioridad.

Si hubiese estado sola, me hubiese acercado a ellos para que me contasen su historia de amor.

Hubiese entablado con ellos una conversación interesante, como interesante seguro era su vida.

Con momentos alegres y tristes, con ilusiones y pequeños sinsabores, con instantes felices y amargos, en el bagaje de toda una vida.

Una bella ancianidad es la recompensa de una bella vida.




Al poco rato llegó él y se sentó a su lado.

Me conmovió la escena.

Ambos apoyados el uno en el otro, cimiento de su amor mutuo,  respaldo donde apoyar la propia vulnerabilidad, descanso en el camino de la vida, sustento para seguir adelante.

Así es el amor.

25 de marzo de 2022

HISTORIAS MINÍMAS . (Por las calles de Pamplona)

 


Di Pamplona y sonríe, rezaba un cartel a la entrada del Ayuntamiento de Pamplona. Y allí que me puse yo con mi sonrisa.

Es una campaña turística con vistas a la Semana Santa donde se prevé reforzar las visitas guiadas, excursiones, yincana, y pinchos o alquiler de kayaks y gran variedad de actividades.

Me gusta pasear por el casco viejo de la bella Iruña saboreando la vida.

Lucía un tímido sol en la Plaza el Castillo, mientras con mi cámara trataba de rescatar alguna instantánea que tuviera vida propia.

De alguna manera, esta mítica plaza, me recuerda a la de mi pueblo con sus gentes sentadas en los bancos viendo pasar la vida.

Casi siempre hay un hombre tocando el acordeón que pone unas notas musicales a las mañanas.

Todo visitante quiere hacerse una foto en el kiosko de la plaza. Y allí estaban cuatro parejas de jubilados valencianos que han dejado las fallas y estaban visitando la ciudad intentando hacerse una para el recuerdo.

Me brindo para hacerles algunas de todo el grupo, y acceden encantados.

-¡Uy, hemos dado con una profesional!

-Ya te digo...

-Qué bien han quedado.

Agradezco sus exclamaciones de admiración, mientras sonrío divertida.

Cerca de mi pasaron dos amigos charlando.

-Me contó que tenía relaciones sexuales con condón. 

-¿Pero con trece años tienes relaciones sexuales, le dije a mi nieto?

-¡Uy, los tiempos han cambiado, Marcelino...!

Río divertida, mientras les veo alejarse calle abajo.

-¿Sabes que encontré yo entre los cojines del sofá? Petit suisse de fresa.

¡Anda!

-Si, mis nietos los escondían allí.

Dos abuelas contándose sus cuitas me hacen reír de nuevo.

Como estoy cerca del Corte Inglés paso a ver que modelos de temporada han traído nuevos.

A la entrada está mi amigo, Arturo. No le digo nada, porque está atendiendo a una cliente y no quiero interrumpirle.

En la planta de mujer me dejo llevar por la fantasía de colores que llenan las estanterías. Tonos alegres y desenfadados campan a sus anchas para esta reciente Primavera.

-¿Mamá, no te gusta este?

-¡Uy, no...!

-Es muy clásico. Quiero algo más moderno.

Es un matrimonio, que buscan un traje de ceremonia para la madre.

Están en esa sección precisamente.

La mujer, entrada en años, mira y remira los modelos pero nada de lo que hay le llama la atención. 

Les observo divertida, pues al igual que a la señora todos me parecen horribles.

El matrimonio, sobre todo él, tiene cara de cansancio y refunfuña al ver a la mujer alejarse con premura buscando entre las prendas expuestas de distintas marcas algo atractivo.

-Pero si esto ya lo hemos visto ayer. Comenta hastiado el hombre.

-Ya...pero no hay quien la pare...

La mujer se ha perdido a lo lejos en ese remolino de colores que forma la ropa de temporada, mientras ellos no consiguen alcanzarla.

Me identifico con ella y río sin parar.

La ropa tiene unos precios abusivos. La ropa buena y bonita, claro...

No me queda más remedio que esperar a las rebajas. Bueno, la verdad es que tengo mucha ropa de verano y no creo necesitar nada de nada. Aunque mi amor por los "trapos" viene de lejos y caeré en la tentación...jejeje.

Deambulo de acá para allá sin prisa alguna.

Las terrazas están bastante llenas, aunque muchas pequeñas tiendas y bares han tenido que cerrar por los efectos de la pandemia.

Voy camino de casa por la Avenida Carlos III, cuando un ruido infernal sale a mi encuentro. Un helicóptero vuela por encima de nuestras cabezas y los edificios cercanos bastante bajo. 

La gente mira entre curiosa y asustada.

Por una calle cercana aparecen gran número de furgones y policías a pie. 

-¡Parece la guerra!.

- ¿Pero qué pasa? 

Una muchedumbre de chavales con pancartas les siguen.

Un poco asombrada por el despliegue policial, pensé al principio que era una manifestación de ellos mismos.

Los chavales gritan consignas reivindicativas.

Por lo visto son estudiantes de Educación Secundaria y universidades. Están de huelga en contra de la reforma educativa.

A pesar de que mi rodilla izquierda hace días que me da un poco la lata y está cansada de vagar por la ciudad, mi espíritu de reportera me lleva a unirme a ellos.

Hago vídeos en directo para mi Facebook y fotos.

Al pasar al lado del Corte Inglés, hay policías apostados por todo el edificio. Paso cerca de ellos con mi móvil en la mano tratando de captar el ambiente de la calle y el asombro de la gente al ver a los muchachos.

La marcha termina en el Paseo Sarasate donde leen un manifiesto con sus reivindicaciones. 

Luego, poco a poco se van dispersando, mientras yo me dispongo a volver a casa.

A lo largo de la mañana, me he dado cuenta de la cantidad de población mayor de setenta años y más que habita en la ciudad.

Ancianos apoyados en el brazo de una cuidadora, parejas apoyadas entre sí, en sillas de ruedas, con andadores...

Algunos con la mirada perdida y la decrepitud de sus cuerpos a flor de piel.

Quizá me fijo más, porque yo también estoy entrando en esa edad vulnerable a la que todos estamos llamados más tarde o más temprano.

Pero es mediodía y terminan las clases.

Las calles se llenan de gente joven que aparecen por las esquinas con sus mochilas cargadas de libros.

Son como bandadas de pájaros que se protegen entre si en su vuelo. Solo que ellos van a ras del frío asfalto.

Espero al autobús rodeada de muchachos de diferentes países.

Entre ellos se entienden fenomenal. No tienen viejos prejuicios que les aten.

Una chica habla del cariño a sus abuelos y el dolor por la pérdida de uno de ellos.

Generaciones unidas entre si por el afecto.

Un chico grandullón y con sobrepeso, se pone delante de mi sin respetar que he llegado antes que él.

Mira una y otra vez con enorme impaciencia por si llega el autobús. 

Poco a poco se va acercando para ser el primero en entrar y coger un buen asiento.

Le dejo hacer. No tengo ganas de movida, como dicen ellos.

Efectivamente, llega el autobús y entra el primero avasallando al resto.

Por fin ha cogido un buen asiento.

¡Pobrecito!

A lo mejor esos kilos de más le hacen tener un cansancio especial y estaba deseando sentarse.

Prefiero pensar así antes de juzgar.

Yo también he podido coger un buen asiento y me dejo caer, pues ha sido una mañana muy intensa.





21 de marzo de 2022

HISTORÍAS MÍNIMAS. (Desde un banco del parque)

 


Después de una noche de lluvia hoy luce un sol primaveral.

Estuve haciendo la compra y me llevé el carro. Poco a poco lo fui llenando apenas sin darme cuenta.

En los medios nos atemorizan con la idea de que debido al parón de los camioneros por el aumento de precios de la gasolina, quizá vayamos a tener problemas de abastecimiento en los supermercados y vamos haciendo acopio de víveres por lo que pueda suceder.

Es algo que se cuela en nuestras mentes y lo hacemos inconscientemente.

Mientras selecciono los yogures que me quiero llevar escucho a tres mujeres charlar de sus cosas.

Hablan alto, enfadadas con el sistema de reparto a la hora de la separación de sus hijos varones.

-No hay derecho a la discriminación que sufre mi hijo. Comenta una de ellas con la tristeza en su rostro.

-No están en igualdad de condiciones. Dice otra con pena.

-Les dejan en la calle y sin dinero.

-Y sin opción de ver a sus hijos la mayoría de las veces.

-Pues los niños vienen felices a casa de los abuelos de la mano de su papá.

-Es una ley injusta.

Y así, sin darse tregua, gritan su pena unas a otras.

Han hecho de aquel rincón un improvisado santuario reivindicativo sin jueces ni público que las escuche.

Tan solo yo, que pasaba por allí.

A la salida del supermercado me encuentro con los padres de mis amigos gemelos.

Casi no les reconozco. Sobre todo a María José, la madre.

Nos vimos el otro día en el autobús con la mascarilla y me resulta difícil quedarme con su fisonomía.

Me gusta sentir muy cerca a las gentes de este lugar que ya es tan mío.

-¡Uff...que calor!

-Debe ser la "pitupausia".

Comenta un hombre en voz alta al pasar cerca, mientras me sonríe divertido.

Una pequeña niña salta a la comba.

-Mírame, mamá. 

-¿A qué lo hago bien?

Su madre se para y le dice que si.

Yo le aplaudo desde lejos.

Ella se da cuenta y sonríe orgullosa.

-Lo haces muy bien.

-¡Gracias!.

Su madre agradece mi admiración por su niña.

Las veo alejarse por el parque.

Un matrimonio joven cruza la plaza. 

Tienen tres niños muy pequeños.

Uno en un carrito, otra de la mano de su papá y la más mayorcita a su lado.

Han puesto una nota de futuro en la mañana.

El sol me besa la cara, mientras me como el currusco de la barra del pan.

Es como un ritual que conservo de la infancia.

Pasan cerca unas mujeres bulliciosas y divertidas que dejan un soplo de belleza femenina en sus gestos y sonrisas.

Las gentes disfrutan de una mañana de sábado en las terrazas cercanas. 

Mi pensamiento se va hacia los refugiados de Ucrania que huyen de la sinrazón de la guerra con unas gélidas temperaturas.

El horror, cerca, muy cerca...

P.D. Como las musas siguen de vacaciones, me limito a copiar pequeños relatos que suelo hacer en Instagram de cosas que escucho y observo en la calle.



16 de marzo de 2022

LIDIA. IM MEMORIAM.

 


Te has ido despacito hacía ese mar desconocido.

Las frías y claras aguas del Carrión te han acunado en tu marcha hasta llegar a él.

Ese río que  guarda tus secretos, tus amores, tus luchas, tus sueños...

Me contabas apenas hace un par de semanas, que había una fuerza en ti que te llevaba hacía el mar.

Presentías que tenías que ponerte en camino. Estabas preparada. Emanaba de ti una paz desconocida.

Tu dulce mirada de filósofa, delataba tu amor por la sabiduría. Se adivinaba en ella, ese poso que da el paso de los años y tu pasión por saber y comprender mejor la esencia de la vida.

Con mi curiosidad innata, me gustaba que hicieras de profe conmigo. Tenía tantas preguntas sin respuesta, que pensaba podrías solucionarlas tú.

El río de tu vida, en alborotada corriente, o en remanso de paz, sin prisa alguna, te llevaba como en un susurro, mientras los que te amábamos estábamos allí contigo, acompañándote.

Nuestra amistad no viene de lejos. 

Es de estas amistades que aparecen sin buscarlas al atardecer de la vida.

Estas amistades suelen ser profundas, aunque sean cortas en el tiempo, porque en la madurez, estamos más preparados para compartir vivencias desde la sabiduría que vamos adquiriendo de manera genuina, serena, clara, sin adornos.

También nos unieron las letras, esas grandes amigas.

Estabas pendiente de todo lo que publicaba en mis redes sociales o en mi blog, y más de una vez me animaste a publicar un libro con mis relatos.

Yo siempre te respondía que no pretendía ser escritora, simplemente, escribía.

Si alguien me leía y lo hacía suyo, me daba por bien pagada.

Siempre me regalabas libros. Libros que conservo de manera muy especial por lo que significan para mi.

Reíamos de buena gana mientras nos contábamos nuestras cuitas y pequeños secretos.

Esa complicidad nuestra, había nacido de manera natural, como nace el amor y la amistad. Y se hacía vida, cuando regresaba a Guardo en verano y salíamos a pasear a orillas del Carrión o por las calles y plazas del pueblo.

Eras una persona muy querida por todos, que se acercaban a saludarte con enorme afecto.

Muchas veces, tus alumnos te rodeaban bulliciosos, mientras yo te observaba maravillada.

Me arrepiento no haber hecho una fotografía de esos encuentros. Una instantánea que pudiera plasmar con su fuerza todo ese cariño que te profesaban.

Cuando me vine a vivir a Navarra, nuestra amistad siguió su curso a través del teléfono.

Me llamabas con frecuencia y charlábamos largo rato sin prisa alguna.

Te preguntaba por lo que ocurría en el pueblo, porque era una manera de sentirme allí contigo.

Con el paso del tiempo nuestras citas fueron más cercanas.

La vida de nuevo te ponía en mi camino y ya no había distancia.

Han sido unos años muy bonitos de ir afianzando la amistad, donde nuestros corazones hicieron piña, se unieron más y más...

Hasta el final, he podido estar contigo, besar tu frente, y coger tus manos entre la mías.

Te has ido rodeada de amor del bueno.

Esa preciosa familia que tienes, ha estado ahí contigo, rodeándote de una ternura inmensa.

Aún mis ojos lloran tu ausencia, un dolor agudo penetra en mi pecho que me impide respirar.

Quedan esos lugares de Pamplona donde fuimos felices.

¿Recuerdas aquella tarde de calor que querías un helado?

Me fui al supermercado más cercano y compré una caja entera de polos, pues ya no era época.

No dejamos ni uno, sentadas en un banco ante la mirada de transeúntes y curiosos.

Y esos paseos por el Campus Universitario, testigo mudo de tus tiempos de estudiante, al amparo de los edificios de los Colegios Mayores donde fuiste residente.

O las visitas al Corte Inglés para comprar algún modelito de temporada.

Los paseos por el Parque Yamaguchi, ese delicioso parque japonés, cerca del Planetario de Pamplona.

Las meriendas en mi casa, donde sacaba de mi nevera lo mejor que tenía para ofrecértelo, pues tenías buen apetito por entonces.

En mi ir y venir por la ciudad, sentiré tu presencia.

Cada vez que pase en el autobús hacia casa, miraré en el vestíbulo del hotel, por si te veo...

¡Cuantas charlas y citas hemos tenido ahí!

La tarde de mi despedida, estabas especialmente guapa.

Nuestras miradas se dijeron adiós para siempre.

Las dos lo sabíamos.

Me hubiera gustado acompañarte en tu funeral en Guardo. Me han contado que todo el pueblo estaba allí despidiéndote.

En la distancia, de alguna manera estuve presente, al igual que siempre vas a estar presente en mi corazón.