27 de junio de 2022

LA BELLEZA DE LA VIDA .


 

Son la diez de la mañana y la puerta del patio está abierta.

Está en obras la parte de la entrada principal y se ha acondicionado esta para poder salir y entrar al edificio.

Un aire frío cala los huesos de los allí presentes. Apenas hace unos días teníamos cuarenta grados y un calor insoportable.

Las gentes van y vienen por la avenida cercana ataviadas con la ropa más variopinta. Este cambio de temperatura nos ha pillado a contramano y con la ropa de abrigo guardada a buen recaudo para el próximo Otoño.

Personalmente, llevo unas sandalias abiertas y un vaporoso vestido veraniego combinado con una chaqueta que apenas me alivia de los rigores de una mañana bastante fría.

Enseguida van llegando familiares y cuidadores de los residentes y tocan el timbre. Como en un ritual, nombran al familiar o la persona que cuidan, para dar cuenta al personal de que le esperan abajo.

Al rato, se abre la puerta que ha estado cerrada desde la llegada, y se dejan ver unas manos que suavemente llevan a los residentes arropados en su silla de ruedas.

Es un momento especial por la carga emotiva que comporta.

Una mujer menuda, entrada en años, muy arreglada, con una bonita sonrisa, se acerca a una de las sillas, donde un hombre de su edad más o menos, con los ojos cerrados, parece no darse cuenta de su presencia.

Pero ella, se acerca, lo besa, lo acaricia, lo achucha, mientras grita de contento.

Al instante, el hombre abre los ojos y parece reconocerla.

O quizá no.

Pero si la siente.

Hay una comunicación no verbal.

El mundo desconocido de los enfermos de Alzheimer, siempre me impresiona enormemente.

¿Hasta donde son capaces de entender?

¿Sienten el afecto que se les intenta dar?

¿Tienen algún momento de lucidez?

Las miradas a veces hablan más que las propias palabras.

A pesar de que el sol no ha hecho acto de presencia, se me antoja que hay una luz especial en el ambiente.

Es la luz del amor incondicional hecho vida.

Ambos se funden en un abrazo que abarca el infinito de la belleza más pura.

Pareciera que era una cita de enamorados, como tantas otras.

Y se me saltan las lágrimas, mientras ella empuja la silla y les veo alejarse por la acera cercana.

La calidez del momento vivido, ha hecho que olvide el frío.


Poco a poco van saliendo, como pequeños niños a la salida del colegio.

Fuera, les esperan como antaño, manos cariñosas y afectivas que velan por ellos. 

Hay besos, risas, ternura...

Como al comienzo de la vida, aunque sea ya el final.

Y es que necesitamos el amor para condimentar nuestra existencia en cada etapa de la vida.

Para la persona no habituada a estas sencillas rutinas, y que hoy acompaña a su amiga, todo es novedad.

Manuel, hombre guapo, de porte señorial, llega empujado levemente de la mano de una auxiliar en su silla de ruedas estrenado una camisa de cuadros con una chaqueta a juego que le hace muy atractivo.

Su mujer, Lola, le presenta a su amiga con enorme ilusión.

-Mira, Manuel, mi amiga Soledad.

-¿A qué es guapa?

Soledad, se acerca a Manuel y le toma la mano.

Él, la mira fijamente.

Es un instante, en que parecen encontrase sus almas.

O quizá así lo percibe ella en su ingenuidad.

Pero el milagro ha tomado cuerpo, y Manuel esboza una pequeña sonrisa que le hace más guapo si cabe.

Su mujer, le abraza, le canta, le baila...

Y se pierden los tres hacía la cafetería cercana.

Esa cafetería es el lugar de encuentro de las almas sencillas y buenas, tocadas por la enfermedad cruel que borra los recuerdos de la vida.

Allí se reúnen compartiendo su dolor, su pena, su desencanto, junto con vecinos del lugar que toman un café rutinario plagado de la soledad de la vejez.

Y se forma la "cuadrilla" de amigos que comparten todo.

Una vez más, la amiga invitada para la ocasión, se siente como una intrusa en aquel rincón sagrado.

Pilarcho, una mujer mayor, saluda a Manolo al llegar.

Vive en el piso de al lado y baja a tomar café cada mañana.

Tiene el pelo rojo, sonrisa pícara, ademanes traviesos y ojos hermosos.

En la mesa de al lado, una mujer rubia habla con su perro.

Hacía mucho tiempo que no veía a una conocida y se ha alargado la conversación.

El perro ladra insistentemente llamando su atención.

Por eso, al llegar, trata de hacerle comprender su tardanza.

Es un perro anciano, casi ciego, que solo se siente seguro al lado de su dueña.

Como ser vivo, y con las características de los seres vivos, también le ha llegado la hora de la vejez y lo que ello comporta.

Cuando logra calmarlo se acerca al grupo.




La mujer de Manuel, cada día le compra una exquisita torrija, un café y un zumo, y se lo va dando poco a poco con infinita ternura.

El tiempo se ha parado en aquel rincón.

No hay prisa alguna.

Una paz inmensa me atrapa, ante la grandeza de esos seres que aman desinteresadamente.

Un pequeño gorrión se ha unido a nosotros. 

Intenta coger con su pico unas migajas de un bollo en la mesa cercana.

Creo que ha captado la buena sintonía que allí reina y se suma al encuentro.

¡Es precioso!

Se le ve tan desvalido...

Casi, casi como Manuel.

Saco el móvil par captar la instantánea, pero se asusta y vuela veloz.

Después, lo que allí ocurre es pura poesía.

Las tres mujeres cantan y bailan a la vida, con una coreografía improvisada, pero muy artística, bajo la atenta mirada de Manuel.



Y se vuelve a obrar el milagro.

Igual que el de las flores del jardín pletóricas de belleza.

Manuel, sonríe y sonríe sin parar.

Como si pudiera revivir ese amor inmenso que su mujer le profesa y él a ella.

¿Quién dice qué no se haya abierto el dique de su memoria y se haya desbordado con la pasión de la primera vez el agua limpio del puro amor?

Tan solo conocemos como se va perdiendo la función cerebral y afecta a las partes del cerebro que controlan el pensamiento, la memoria, el lenguaje, hasta perder los recuerdos y los nombres de las personas amadas.

Pero quizá depende de la fase en que encuentre la enfermedad. 

A lo mejor, por unos instantes, como pequeños fogonazos de luz, son capaces de rescatar pedacitos de su propia historia. A través de una canción, una sonrisa, un beso...

La intrusa, cada vez se siente más y más emocionada.

Aquellas maravillosas mujeres le acaban de dar una lección que no olvidará fácilmente.

Llega el momento de la despedida.

Cada una regresa a sus quehaceres.

Manuel, mira a la intrusa y pronuncia una palabras ininteligibles.

Como si quisiera dar fe de que lo hemos pasado genial, y me invitara a volver.

A la vuelta, pasamos por la puerta del Psiquiátrico.

Hay allí apostados residentes que acaban de llegar de su paseo. 

Gente variada.

Jóvenes y menos jóvenes.

Con la mirada perdida, el dolor reflejado en su rostro, sus pasos vacilantes y un rictus de desamparo.

Alguno, saluda al pasar.

Otros gritan para hacerse notar.

Están en su pequeño mundo.

Olvidados de la sociedad y algunas veces de las instituciones.

Como si fueran invisibles.

Tan solo la mirada de sus familiares les mantienen vivos.

Cada uno con su propia historia, su personal rostro, su carácter, su pasado.

La gente pasa deprisa, a sus quehaceres. Sumidos en la vorágine de la prisa por llegar a ningún lugar, con preocupaciones a veces banales y ridículas.

Tenemos miedo del dolor. No somos capaces de mirarlo de frente.

Nos asusta la enfermedad y la muerte.

Y se cierran de nuevo las puertas, esperando que se vuelvan a abrir mañana cargadas de nuevas ilusiones para esas almas olvidadas que la sociedad trata de esconder.

P.D. Quizá parezca el título poco apropiado para el relato, pero lo he puesto a propósito. Me parece que a veces confundimos la belleza de la vida con baratijas de colores. Acudí con una amiga a visitar a su marido que padece Alzheimer y lo que viví no lo voy a olvidar fácilmente.


8 comentarios:

ETF dijo...

Ay, Maripa, cuan entrañable relato, ya los añoraba.
Tu vivencia la conozco, allí tuve cinco años a mi segunda madre (mi suegra) y es tal cual lo cuentas.
Tu descripción es ... emocionante.
Gracias.

CHARO dijo...

Se muy bien de lo que hablas y cómo te sentiste ante esa experiencia, me tocó vivirlo varios años y con diferentes personas cercanas, es muy duro para los cuidadores pero hace que se valore mucho más la vida y el estar sano.Me ha encantado tu relato.Besicos

Macondo dijo...

A mí me parece un título muy adecuado para una preciosa historia de amor. Me encanta cómo describes estos trozos de vida que te van saliendo al encuentro.
Un abrazo.

Framboise dijo...

Sí... Hace poco mi suegra ha cumplido 100 años y es a ratos tal y como lo explicas... Me ha emocionado tu texto...
Un abrazo

recomenzar dijo...

que inmensa de grande eres cuando escribes mi bella dama

diego dijo...

La medicina, algún día, encontrará un remedio para esta enfermedad. Pero mientras tanto...
Un beso, Maripaz.

Luz dijo...

Eres maravillosa, vas trayendo trocitos de vida que palpitan aunque se los ignore, aunque se los aparte. Yo creo que todos sufrimos por una cosa o por otra, solo es diferente cuando hay personas como tú cerca.

Un abrazo muy fuerte.

Ana Mª Ferrin dijo...

La sensibilidad se muestra al saber mirar. Y sentir.
No se puede contar mejor una experiencia así, Mari Paz.
Enhorabuena y gracias por compartirla. Beso.