1 de julio de 2010
29 de junio de 2010
NOMBRE EN EL ASFALTO
Tardes doradas de sol y promesas de trigales a la caída de la tarde cuando la ilusión se mece entre los pliegues del alma y el corazón emprende la loca carrera de los sentimientos.
Un nombre y una mujer enamorada que escribió con la fuerza de sus dedos un poema en la piedra de la calle a la persona amada .
Pasaran los días, los años...las gentes en su ir y venir borraran con sus pisadas ese nombre como se borran las huellas del camino de la vida, pero la historia de amor permanecerá para siempre en el recuerdo de los amantes.
27 de junio de 2010
LAS FIESTAS DE LOS PUEBLOS
El otro día tuve la oportunidad de acudir a la fiesta de Velilla del río Carrión, -un pueblo de la montaña palentina- con unos amigos. Tienen como particularidad que se celebran en una campa al lado de las fuentes Tamáricas que datan de la época de la conquista romana de los cántabros y que tienen la peculiaridad de llenarse y vaciarse por si solas, por lo que algún geógrafo e historiador las confieren poderes augurales y se supone fueron utilizadas como oráculo de antiguas civilizaciones.
La lápida presente a la entrada del recinto, advierte del mal augurio de visitar la fuente estando vacía. Menos mal que estaba llena en esos momentos...jejejeje
La noche anterior pude asistir a la hoguera de S.Juan en el mismo lugar. Dejo constancia de ello, con las fotografías que mi amigo me hizo grabando el espectáculo.
Días festivos en compañía de buenos amigos degustando una paella en un precioso lugar.
25 de junio de 2010
LAURA
Había comenzado el verano y un mundo de color y de sol inundaban los días. Después de los largos días invernales, Laura, despertaba de su letargo y recorría con pisadas fuertes y seguras sus rincones y lugares preferidos.
Atrás quedaban los madrugones al amanecer cuando parecía que las mantas se le habían pegado a su cuerpo y era imposible desprenderse de ellas. Ahora el sol penetraba por la ventana y le hacia guiños de complicidad invitándole a vivir. La sonrisa salia de sus labios mas fácilmente, su ánimo estaba como en la cumbre de una montaña. Cantaba y tarareaba canciones de amor, no le importaba hacerlo incluso por la calle, como queriendo compartir su alegría con el resto de la gente.
Le gustaba dar grandes paseos en soledad con la única compañía de su perro y unos auriculares en sus oídos con la música que le hacia soñar. A veces, acariciaba las pequeñas margaritas en el verde prado descubriendo en su belleza recién estrenada un misterio profundo de vida. Acercaba su rostro al ras de tierra y hablaba con las profundidades donde solo parece que hay oscuridad. Abrazaba a los árboles para contagiarse de su vigor y fortaleza y dejaba en su corteza todo aquello que la hacia sufrir.
Amaba los días y la vida misma y era feliz con las cosas sencillas. Tenia sueños y proyectos porque en su larga vida había aprendido que no conviene dejarse morir...
Al atardecer, cuando el sol se ocultaba, su capacidad de descubrir la belleza era su mejor distracción, y dejaba caer a su paso suspiros de cielo que subían alegremente a besar las estrellas. Recorría en silencio aquellos lugares que le habían hecho feliz en su infancia, y entonces el corazón le latía con una fuerza inusitada, como si le viniera de golpe toda la felicidad a borbotones apagando en un suspiro los malos momentos.
Se rodeaba de buenos amigos con los que compartir lo bueno y lo malo, la risa y el dolor. Guardaba en su corazón los instantes vividos en compañía y que se recuerdan siempre.
En las noches de luna llena, abría su balcón y conversaba de tú a tú con ella. Era como subir al infinito, donde el tiempo nunca muere, donde la eternidad se hace canción enamorada, donde de alguna manera, sentía la mirada de las personas amadas que se habían marchado para no volver.
Atrás quedaban los madrugones al amanecer cuando parecía que las mantas se le habían pegado a su cuerpo y era imposible desprenderse de ellas. Ahora el sol penetraba por la ventana y le hacia guiños de complicidad invitándole a vivir. La sonrisa salia de sus labios mas fácilmente, su ánimo estaba como en la cumbre de una montaña. Cantaba y tarareaba canciones de amor, no le importaba hacerlo incluso por la calle, como queriendo compartir su alegría con el resto de la gente.
Le gustaba dar grandes paseos en soledad con la única compañía de su perro y unos auriculares en sus oídos con la música que le hacia soñar. A veces, acariciaba las pequeñas margaritas en el verde prado descubriendo en su belleza recién estrenada un misterio profundo de vida. Acercaba su rostro al ras de tierra y hablaba con las profundidades donde solo parece que hay oscuridad. Abrazaba a los árboles para contagiarse de su vigor y fortaleza y dejaba en su corteza todo aquello que la hacia sufrir.
Amaba los días y la vida misma y era feliz con las cosas sencillas. Tenia sueños y proyectos porque en su larga vida había aprendido que no conviene dejarse morir...
Al atardecer, cuando el sol se ocultaba, su capacidad de descubrir la belleza era su mejor distracción, y dejaba caer a su paso suspiros de cielo que subían alegremente a besar las estrellas. Recorría en silencio aquellos lugares que le habían hecho feliz en su infancia, y entonces el corazón le latía con una fuerza inusitada, como si le viniera de golpe toda la felicidad a borbotones apagando en un suspiro los malos momentos.
Se rodeaba de buenos amigos con los que compartir lo bueno y lo malo, la risa y el dolor. Guardaba en su corazón los instantes vividos en compañía y que se recuerdan siempre.
En las noches de luna llena, abría su balcón y conversaba de tú a tú con ella. Era como subir al infinito, donde el tiempo nunca muere, donde la eternidad se hace canción enamorada, donde de alguna manera, sentía la mirada de las personas amadas que se habían marchado para no volver.
23 de junio de 2010
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