27 de noviembre de 2016

EL ESCRITOR


Su amor por las letras le venía de lejos. 
Desde que en su más tierna infancia aprendiera a conocerlas, se estableció entre ellos un idilio que duraría para siempre.
Una vez que las había diferenciado, gracias al alfabeto, le entró el gusanillo del arte comenzando a unir unas con otras,  construyendo frases, inventado historias y bellos poemas.
Con las letras se sentía poderoso y en ellas se refugiaba para dar rienda suelta a su mundo interior tratando de plasmar lo que llevaba dentro.
Tecleaba sin parar su vieja máquina, mientras se sentía arropado por ese sonido que se le antojaba tenía vida propia.
Veía el mundo, las gentes y todo lo que acontecía a su alrededor, bajo el prisma de su intuición literaria. Cualquier suceso por banal que fuera, podía convertirlo en una obra de arte, porque con las letras era omnipotente.
Poseía una buena dosis de intuición para saber donde estaba lo importante y casi nunca se equivocaba. 
A veces, le parecía que le faltaban horas para contar lo que sus ojos veían, porque vivía con enorme intensidad.
Le fascinaba el alma humana y sus contradicciones, por eso sus relatos casi siempre eran hechos reales que adornaba con la magia de las letras.
Amante de la vida bohemia, nunca pudo hacer realidad vivir libre, sin ataduras, para poder crear a su antojo. Otras responsabilidades habían ocupado su tiempo por decisión propia. Porque como nos ocurre a todos los mortales, corremos el riesgo de equivocarnos al elegir.
Tenía un don que le había sido otorgado sin más y no se vanagloriaba de él. 
Nada más ridículo, que un vanidoso, solía decir.
Las musas, de vez en cuando le venían a deshora, y entonces ni el sueño lograba rendirle.
Por el camino, había dejado amores sin cuento. Vividos a sorbos, como un buen vino.
La muerte le sorprendió una mañana escribiendo su propia historia mientras comenzaba una nueva primavera.

14 de noviembre de 2016

DESPEDIDAS


Os voy a contar un secreto. Para el próximo verano me voy a vivir a Pamplona.
Bueno, no es tan secreto...hay muchas personas que lo saben hace tiempo.
Pero hoy lo quiero contar yo personalmente.


Este verano, me encontraba yo en Pamplona, y de la revista el Quiqué, se ponían en contacto conmigo para que les respondiera a unas preguntas.
No tuve ningún inconveniente en aceptar, al contrario, todo un honor para mi,  y a los pocos días me las enviaron por correo.
En este vídeo podéis escuchar las respuestas que personalmente leo para vosotros.
Así comprenderéis los lazos afectivos que me atan a este lugar y lo que me cuesta marcharme de él.


Llegué aquí hace casi veinte años después de andar de acá para allá, y aunque al principio me costo habituarme a vivir en una zona rural, a los pocos años, supe que había encontrado mi rincón para pasar el resto de mi vida.
De natural, extrovertida, fui conociendo a los habitantes del lugar y reconociendo a los de mi época, cosa harto difícil, porque los años nos habían cambiado a cada uno.


Con la edad, cuesta mucho más dejar atrás, amigos, rutinas, lugares...y emprender algo nuevo.
Pero a veces, el sentido común se impone y no queda otra que utilizarlo, dejando atrás los requerimientos del corazón.



A lo largo de estos años, he recorrido el pueblo de parte a parte, junto con mi cámara, tratando de inmortalizar rostros de gentes sencillas sentadas en un banco del parque, o en la puerta de su casa, o en la barra de un bar. Bien es verdad que mis fotografías son muy simples, a cara lavada, como me gusta decir.
Nunca pretendí ser fotógrafa, ni escritora, ni reportera, ni poeta, pero hay una fuerza en mi interior que me empuja a contar lo que mis ojos ven con la sencillez de lo genuino. Y tengo que confesaros que he sido muy feliz haciéndolo.


Aquí me reencontré conmigo misma y mis raíces.
Bajo la atenta mirada de los viejos chopos, y a orillas del río Carrión, pude curar las heridas del paso del tiempo que a cada cual nos acompañan y saborear la vida.
Por eso, quise dar a conocer en la red, esta magnífica zona de la Montaña Palentina, por medio de reportajes, fotos y vídeos, para que supiera el mundo que existíamos.
Nuestras tradiciones, folklore y gastronomía pronto sería conocida por mis amigos blogueros que de alguna manera se sentían uno más del pueblo.



La vida en los pueblos,  me gusta decir, que tiene la calidez de lo inmediato. Cuando yo voy por una calle, es como si recorriera un rincón de mi casa. En cada calleja, esta escrita mi propia historia, y las gentes con las que me cruzo la conocen.
Por eso, me apena la idea de no volver a ver asiduamente todo aquello que amo.
¡Me llevo tantas cosas bonitas!



Este invierno será para mi, el de la despedida...
Y me siento cual pajarillo vulnerable y un poco perdido.
Me voy despidiendo lentamente, y poco a poco, para hacerlo más llevadero.
Eso si, me llevaré conmigo a cada uno ( incluso a aquellos que no me quieran bien, que de todo habrá...)



¡Ah! pero que os creíais, que os ibais a librar de mi?
Pues nada de eso...pienso venir todos los veranos...jejeje.
Y os volveré a encontrar por las calles como si nunca me hubiera ido.
Quedan muchos meses para mi partida, pero pasa el tiempo volando.


Y como la vida es bella, me pongo delante de vosotros de esta guisa, en plan andaluz, que para eso viví toda mi vida en Sevilla.


Y me despido de vosotros sonriendo, con la idea de mostraros una vez más las magníficas fotografías y el vídeo, que me hizo mi amiga, Ángeles, fotógrafa mexicana, aquella mañana en que se atrevió a robarme el alma.



5 de noviembre de 2016

LA PROMESA


Aquel otoño con sabor a despedida, lo había vivido intensamente.
Recorrió una vez más con la mirada aquellos rincones que ya formaban parte de si mismo. Era como si quisiera llevarse consigo aquel paisaje para siempre.


Cerro los ojos por un instante, mientras el sol le besaba la cara. Le gustaba sentir sobre su piel aquella caricia del astro rey. No recordaba ya, el sabor de los besos y la ternura en su piel.
  Iba, solo, con las manos en los bolsillos y silencioso.
A lo lejos escucho las risas de los niños y no pudo menos de estremecerse mientras retrocedía a su pasado.


Por unos instantes, le pareció que le faltaba el aliento. Solo cuando vio mecerse las hojas de un árbol por encima de su cabeza, sintió el viento en su cara y suspiro con todas sus fuerzas.
Brillaba el sol entre los árboles y jugaba una y otra vez a esconderse con enormes destellos. Él, metido en aquella atmósfera donde se asomaba la fantasía, se sentía muy bien.


 No hacía mucho, le habían roto el corazón en mil pedazos. Desde entonces, andaba cabizbajo y taciturno, arrastrando sus pies doloridos.
Cada mañana se levantaba con un pellizco en el corazón, o en el alma. No sabía muy bien donde poderlo ubicar, pero estaba allí mordiéndole como un perro rabioso.
Por más que intentaba olvidarse de aquella molesta sensación, era incapaz de notar ni un ápice de alivio, sabiendo que le acompañaría por largo tiempo.
Un corazón roto, es  muy vulnerable, y esta expuesto a miles de sensaciones que lo aprisionan con tanta fuerza que lo llegan casi a asfixiar.



Se detuvo a contemplar aquellas piedras, que dentro del río se dejaban hacer por la corriente. Gracias a su docilidad, iban desgastando sus aristas hasta convertirlas en variadas formas de tacto suave.
Pero no se sentía identificado con aquella actitud sumisa, siempre había preferido experimentar por si mismo, aunque la aventura le saliese mal.
Tenía una rebeldía interior que tan solo sacaba cuando las circunstancias le obligaban a ello. Por lo demás, era de carácter apacible y tierno, con una ironía burlona en su conversación y muy pendiente de quien amaba.


Fue recorriendo aquel lugar como si de un santuario se tratara. En cada rincón había escritos retazos de su historia, y hasta le parecía que algún duende burlón se reía de él en sus mismas narices.
Pero no estaba para bromas. Se estaba despidiendo para siempre y una enorme tristeza le invadía.



Una alfombra de colores apareció a sus pies. Temía pisar el último aliento de vida de aquellas hojas caídas del árbol  como cada otoño. Entonces, lentamente, como en un ritual, fundió sus pies descalzos en la tierra, temiendo hacerles daño. Alguna vez, le parecía haberlas escuchado llorar.
Pero hoy, era él el que lloraba...
Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas sin ningún pudor.
Tenían el sabor del mar y apenas veía nada. De su interior salia un quejido apenas perceptible, que le impedía casi tenerse en pie.
Se dejo llevar largo rato por el llanto, como una necesidad imperiosa de vivir su personal duelo.
Después, se limpio los ojos lo mejor que pudo y acaricio una vez más el viejo árbol donde todavía se podía leer en su corteza una promesa de amor escrita en carne viva: "Te amaré siempre"
De aquel amor, solo le quedaba eso. La promesa.

P.D. Últimamente las musas me han abandonado. Como hacía mucho que no publicaba y no quiero que mi blog, muera, me he limitado a poner unas fotografías de este otoño y acompañarlas de un relato muy malo. Lo siento.