10 de septiembre de 2010

LA PUERTA Y LA FLOR

Acarició la mañana por última vez y se alejó despacio con la respiración contenida. La oscuridad todavía acechaba las callejuelas, y mientras caminaba, solo escuchaba el ruido sordo de sus botas.

Al doblar la esquina miró por ultima vez la puerta con nostalgia. Detrás de ella se quedaba todo lo que amaba y todo lo que tenia. Sus anhelos, sus sueños, sus recuerdos quedaban presos entre aquellos muros esperando su vuelta.

Cuando ya había caminado unos minutos, observó que la luna le miraba escrutadora deseando preguntarle por su huida. Temía que sus ojos le arrancasen aunque fuera suavemente su secreto
 Huía, arropado por las sombras tratando de calmar los latidos de su alocado corazón.
Muchas veces a la caída de la tarde, una enorme tristeza le invadía. Notaba en su pecho una angustia que le oprimía hasta hacerle llorar con desconsuelo.

Aligeró el paso, cuando el ladrido de un perro, que dormitaba en un rincón, por un momento, pareció que iba a despertar los secretos escondidos que pueblan la noche.

En cada paso su alma se poblaba de inseguridades, pero podía más el afán aventurero que guardaba en su interior, y que le había llevado a caminar sin destino desertando de la monotonía de los días iguales.

Su desasosiego se iba haciendo mayor al observar a lo lejos una luz que le perseguía con insistencia, como invitándole a volver de nuevo a su relajada vida sin preocupaciones.

Pero su decisión estaba tomada. Viviría como siempre había deseado hacerlo, corriendo el riesgo de lo desconocido, navegando en nuevos mares lejanos y altivos.

Junto la puerta, una sencilla flor, llora en silencio. Quizá las manos primorosas de una niña le ofrezcan un poco de agua para aliviar su pena.
 Cuando el sol haga su aparición de nuevo, acurrucadas las dos, esperaran a que vuelva el hombre que aman.
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