14 de febrero de 2017

COPITO


Caía la tarde, y el sol comenzaba a despedirse en la lejanía con guiños de complicidad a Copito, que le miraba embelesado.
Había sido una tarde de risas y juegos infantiles en la ladera nevada, que gozaba ahora de la paz del ocaso.
Copito, había nacido a la vida, apenas hacía unas horas, cuando dos pequeñas hermanas le habían ido dando forma con sus manitas regordetas y la ayuda de sus padres y abuelos.


Su nacimiento había sido fruto de la ilusión y la fantasía del mundo de aquellas niñas, arropadas por el amor de los seres que las amaban.
Y es que, en el país de los sueños, las manos inocentes son capaces de dar vida.
Copito, había ido poco a poco tomando forma con el esfuerzo de todos. Primero formaron su cuerpo y su panza gordota, bien sujeta al suelo, hasta llegar a fijar su cabeza tocada por una boina azul. Después, los ojos, la nariz, la bufanda...
Y Copito, lleno de vida sonrió a las niñas entusiasmado.
Eso de acabar de nacer y poder jugar inmediatamente, solo lo podía hacer Copito y cada uno de los muñecos de nieve que habían formado todos los niños aquella tarde, y estaban diseminados por los barrios del pueblo.
La más pequeña de las hermanas no conocía la nieve, por eso, cuando sus pies se hundieron al pisarla, temió caerse y se agarro con fuerza a la mano de su papá.
Tan solo se sintió segura, cuando los brazos vigorosos y fuertes  de su progenitor, la levantaron en volandas mientras la estampaba unos sonoros besos en la mejilla.
Esas sensaciones elementales y primarias de seguridad, son indispensables para el aprendizaje de la vida misma, y se marcan a fuego en nuestras vivencias infantiles, porque al sentimos amados, desaparecen nuestros miedos e inseguridades.
Con el paso de las horas, la pequeña niñita fue capaz de subirse a un trineo con su mamá y lanzarse por la ladera mientras Copito las observaba loco de contento.
Su hermana, un poquito mayor, también se subió al trineo con su papá mientras gritaba con todas sus fuerzas, dando a entender que estaba disfrutando de lo lindo.
Copito, contagiado por el alboroto, como por arte de magia, salió corriendo tras la pequeñas, mientras el viento le llevaba lejos la boina, dejando al descubierto su blanca cabezota.
Muy decidido, se subió también al trineo y se lanzó con todas sus fuerzas por la ladera, apretando los dientes. No estaba muy seguro de llegar abajo sin romperse la crisma...
Las niñas aplaudían divertidas viendo la hazaña de aquel atrevido muñeco al que habían dado vida hacía poco.
El valle, se llenó de risas y besos, mientras se desencadenó, una encarnizada guerra de bolas de nieve y divertidos revolcones de unos y otros.
Copito, decidió mostrar su buena forma física, dando volteretas alrededor como si de un saltimbanqui se tratara.
Tan contento estaba con las pequeñas, que tuvo el atrevimiento de robarles un beso.
Exhaustos, contemplaron largo rato a unas aves que surcaban el cielo en grandes bandadas atraídas por las risas infantiles.
Después, Copito volvió a su rincón de nuevo. Las niñas le cubrieron de besos mientras se despedían de él.
Las lágrimas salían a raudales de los ojos de Copito, mientras desde el coche le decían adiós con sus manitas. Había valido la pena tener vida aunque solo fuera por unas horas. Aquella experiencia nadie ya se la podía arrebatar.
Miró con ternura a su amigo el sol. A la mañana siguiente, cuando de nuevo saliera por la lejanía con todo su esplendor, ambos se fundirían en un abrazo, mientras se iba derritiendo su cuerpo frágil en su caminar rumbo a lo desconocido.