5 de octubre de 2014

LA VENTANA DEL ADIÓS


Le conoció una tarde de verano mientras ensimismada hacía fotos de los rincones del pueblo de sus ancestros. Era un hombre maduro, bien parecido, de sonrisa amplía tirando a burlona, unos ojillos picarones le daban un aire atractivo e incluso se le veia guapo. De estatura más bien pequeña, pero de vigorosos brazos, se lo encontró segando a la antigua usanza, con la guadaña, un prado cercano.
No pasó desapercibida para él la presencia de la improvisada fotógrafa por aquellos lares e incluso tuvo el atrevimiento de llamarla desde lejos.
Ella, sorprendida por su presencia, no tuvo el mayor reparo en acercarse para ver que deseaba aquel atrevido galán.
- Hola, tu no vives aquí, verdad? - le dijo cuando hubo llegado a donde estaba
-No- contestó ella mirándole con curiosidad
-Pero me suena mucho tu cara le dijo él escudriñándola con la mirada.
-Estoy pasando la tarde en el pueblo y como me encanta hacer fotografías, aprovecho para buscar nuevos rincones. Me gustan los pueblos con sus callejas, sus prados, sus casas llenas de historias. Intento rescatar mis raíces- le comentaba ella poniendo mucha pasión al hablar
-Creo que conozco a tu familia- le comentó él
  Mientras la observaba divertido, ya pensaba en regalarle la invitación para que viera su casa, pues era de las que conservaban la arquitectura de la zona con sus enseres, y le dijo: "Si quieres otro día si vuelves por aquí, te enseño mi casa"
 Ella, con el paso del tiempo había aprendido que las ocasiones hay que saber aprovecharlas cuando llegan, porque quizá no vuelvan nunca más, y le contestó: ¿Te importa que la vea ahora?
Juntos recorrieron las calles hasta llegar a un viejo portón, pues también él quería vivir aquel momento que la tarde le había regalado con la llegada de aquella mujer y su encuentro.
Una vez dentro, un perro salio a saludarles moviendo la cola, mientras ella se acercaba lentamente a acariciarlo.
Un enorme corral lleno de cosas antiguas daban a aquel lugar un aire muy particular, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel rincón y uno se hubiera trasladado a otro siglo.
Mientras le contaba que le gustaba coleccionar aquellos objetos porque tenían vida propia, ella miraba con asombro todo y hacía fotos sin parar.
Una vez que había visto todo lo del exterior, se adentraron dentro de la casa mientras la expectación era cada vez mayor.
En la vieja cocina se tomaron un café con sabor a recuerdos, mientras su amistad se afianzaba.
Eran dos almas solitarias que el destino había unido aquella tarde de verano y que juntas disfrutaban de aquellos instantes mágicos.
Cuando ya había pasado largo rato charlando de sus cosas y fotografiando todo aquello, se despidió de él con un abrazo, mientras de nuevo acariciaba al perro.
Él, se asomo a la ventana para decirla adiós, mientras sonreía emocionado.
Ella le miraba divertida.
La tarde se despedía en silencio mientras la ventana testigo mudo de aquel instante observaba todo con curiosidad.
No volvió ella por allí hasta después de mucho tiempo. Para entonces, él se había ido para siempre en circunstancias trágicas por una terrible enfermedad. Tan solo quedaba de aquel encuentro, una casa vacía y la ventana del adiós.

M.Paz