La bella Iruña rebosa de sol en sus calles.
Dos enamorados se besan en un rincón.
Pasa a mi lado una madre amamantado a su hijo. Lo lleva acurrucado en sus brazos. El pequeño succiona con enorme placer el pezón lleno de vida. Es un crio precioso.
Ambos, madre e hijo, se pierden por la famosa calle Estafeta bajo mi atenta mirada.
De repente, en la Avenida Carlos III escucho las notas alegre de un pasodoble a toda marcha. A mi lado pasa un señor con el móvil en su mano. Atiende a una llamada a grandes voces.
¡Eh, hola!
El tono de llamada es muy sugestivo y popular.
Mickey Mouse me sale al encuentro. Suele estar al lado del Monumento al Encierro. Despierta la fantasía de grandes y pequeños. Todos quieren fotografiarse con él. Yo lo he hecho un día durante la fiesta de San Fermín.
Bajo el atuendo se esconde, Juanjo López, un burgalés que ha perdido su trabajo y su familia. Con su disfraz intenta ganarse la vida y sobrellevar su pena.
Entro en una tienda repleta de ropa primaveral de alegres colores. Un marido aburrido espera paciente a que su mujer salga del probador una y otra vez para mostrarle los modelitos. Una clienta se suma a dar su opinión sobre como le quedan.
Yo también opino.
El marido sonríe satisfecho.
Algunas personas revuelven y tiran la ropa al suelo sin ningún cuidado.
A la salida, veo una mujer saltarse un semáforo. Le consume la prisa. Da pasos atrevidos, desafiantes.
O quizá le gusta saltarse lo establecido cómo una amiga mía.
Hay personas así.
Los pies de las gentes con las que me cruzo llevan las zapatillas de moda. Mujeres de edad avanzada las han hecho suyas. Quizá por la comodidad. Personalmente no me parecen elegantes. Son deportivas. Pero todo el mundo las lleva. Incluso yo. La esclavitud de la moda.
Hay una preciosa luz por los rincones de la bella Pamplona en la mañana.
Me gusta perderme por sus calles y avenidas con mi curiosa mirada rescatando historias mínimas.
