12 de marzo de 2026

CRONISTA DE LO COTIDIANO

 


Son las seis y media y no he podido pegar ojo en toda la noche. 

¡Que largas son las noches de insomnio!

Recuerdo una mañana en Guardo recién estrenada la Primavera, leía yo, sentada en un banco de la plaza y cerca un grupo de hombres jubilados charlaban de sus cosas.

Cuando llevaba ya un buen rato, decidí irme a casa, y al pasar cerca de ellos les saludé educadamente al mismo tiempo que emprendíamos una breve charla.

Uno de ellos me comentó muy ilusionado: "Maripaz, leo tus crónicas a diario. Me gusta mucho como relatas la vida ordinaria. Estoy deseando leerte al llegar a casa"

No pude por menos de agradecerle su interés y extrañarme de mi éxito, ya que escribo por puro placer personal, como una necesidad imperiosa, sin esperar nada a cambio.

Pero es algo que sigo haciendo desde mi llegada a Navarra.

Me gusta contar lo que mis ojos ven.

Esta mañana estuve en Pamplona. Fui con intención de perderme por las calles del casco antiguo con tranquilidad.

Estaba solitaria y triste la ciudad. Muchos comercios antiguos van cerrando sus puertas a falta de relevo generacional. Se van quedando como tumbas cerradas a cal y canto.

Al llegar a la Navarreria pude observar una pancarta de balcón a balcón pidiendo el final del botellón, causante de numerosos problemas vecinales.

Al lado de la catedral entablé conversación con una pareja de jóvenes que visitaban la ciudad. Me gusta charlar con los jóvenes. Me aportan savia nueva que procuro hacer mía. Les expliqué un poco de la plaza cercana y la relación con el mensaje de la pancarta. Les animé a visitar lugares cercanos con encanto muy particular.

Les dije lo subiría a las redes. El chico me comentó si tenía Instagram para poder seguirme y enseguida me buscó. Ella me miraba con enorme curiosidad. Una mujer de mi edad atrapada en las nuevas tecnologías...jejeje.

También él sonreía divertido, mientras me confesaba que había abandonado todas las redes menos Instagram y usted está en todas.

Así es. Estoy en todas y enganchada cual adolescente...

Fueron unos minutos entrañables en los que pude disfrutar de su bonita compañía.

No sé ni sus nombres, pero recuerdo bien sus miradas y su afecto. A ellos les dedico estas líneas.

Después, me perdí por la famosa Calle Estafeta, donde un pequeño niño tenía un berrinche tremendo. Su abuelo trataba de consolarle sin éxito.

De una tienda cercana salió una mujer y les llamó. Parecía ser la abuela del chiquillo.

Cuando le hubo tenido cerca, acarició su carita mientras exclamaba: ¡Ay mi pobre niño, estás malito!

Cesó el llanto y la calle recuperó la tranquilidad, mientras algún ciudadano tomaba un aperitivo plácidamente en un bar cercano.

Ya en la Avenida de Carlos III la calle se llenó de vida. Numerosos transeúntes paseaban sin prisa alguna al amparo de un sol que acechaba por los rincones. La mayoría de edad provecta. Pamplona posee casi un cuarto de la población que supera los 65 años según alguna encuesta.

Y se ha convertido en una ciudad cosmopolita, diversa, integradora, multicultural y abierta.

En el autobús pude sentarme después de una mañana intensa saboreando la vida de poquito a poquito.

1 de marzo de 2026

LAS MIMOSAS

 

Cada Primavera acudo como en un ritual a un rincón con encanto de Zizur Menor.

Cercana ya la primavera y apunto de terminar el invierno, este árbol me regala la belleza de las mimosas recién abiertas a la vida en todo su esplendor.

Él sabe que voy a acudir a la cita y estoy segura que se prepara para el encuentro vistiendo sus mejores galas.


Contemplar despacio esta maravilla de la naturaleza se ha convertido en un placer que la vida me regala.

Cerca del arbolito hay una casa cercana donde siempre luce un bonito jardín que también suelo visitar. Siempre pensé que unas manos femeninas se ocupaban de acariciar esas bonitas flores de variadas especies y las cuidaba con primor.

Al ver este año el jardín muerto, pensé que su cuidadora nos había dejado, dejando ese rincón huérfano de amores.



Pero no.

De repente, apareció una anciana de dulce mirada, pelo blanco, vestimenta impecable, sonrisa cercana y corazón noble.

Venía con su andador y se paró a mi lado sonriendo. Al instante comenzamos una conversación muy animada, que parecía nos conocíamos de siempre.

Me dijo se llamaba, Conce, tenía noventa y un años, y sus primorosas manos daban vida al jardín cada Primavera.

Pero con el paso del tiempo, debido a su movilidad, un día se cayó al suelo sin poder levantarse al intentar arreglar la tierra y se vio en la obligación de desistir y esperar a que algún hijo le ayude. Claro, que con la falta de tiempo que tienen los hijos, no sé si va a ser posible.

Mi conversación con Conce se volvió íntima y me contó su día a día, sus rutinas, la amistad con vecinas y amigas, la ayuda de sus hijos que viven cerca, su ilusión  por la vida, los recuerdos del pasado y la complicidad con el arbolito al que ha visto renacer desde siempre.

Incluso que una vez le robaron veinte macetas preciosas que tenía a la puerta de su casa en una noche. Y salió en la prensa como manera de denunciar el hecho y evitar se repitiera.

Nuestra conversación se vio interrumpida por la llegada de una hija que venía a comer con ella.

Me la presentó y nos saludamos afectuosamente, mientras charlábamos un rato.

Me alejé pensando en la suerte que había tenido de conocer a Conce. Un regalo de la vida, además del de la belleza de las mimosas.