16 de abril de 2018

EL ESPECTADOR


Aquella tarde recorrió en solitario un paraje cercano sonriendo a la vida. Iba despacio, ensimismada en el paisaje con el simple deseo de vivir aquel instante.
Un pájaro desde una rama le saludó con sus trinos. Ella le miró con inmensa ternura. Esa ternura que la conmovía a veces contemplando los detalles más insignificantes de la vida.
Allá a lo lejos se divisaba una montaña. La primavera había hecho su aparición y las ramas cubiertas de flores se mecían con la suave brisa de la tarde.
Respiró con fuerza mientras cerraba los ojos. En apenas unos minutos su vida en imágenes pasó junto a ella.
El pajarillo seguía allí quieto contemplando la escena.
Abrió sus ojos y se quitó los zapatos. Sus pies descalzos comenzaron a saltar por el prado cubierto de hierba recién estrenada. La lluvia había sido generosa en la últimas semanas y los campos lucían llenos de vida.
Comenzó un baile desenfrenado de acá para allá siguiendo una sinfonía imaginaria hecha del color de la tarde, mientras sus pies se hundían una y otra vez al son de un ritmo cada vez más sensual.
Su falda volaba al viento y parecía tener vida propia. Abría y cerraba los brazos tratando de atrapar la vida que se cobijaba en aquel trozo de tierra fértil. Su cintura se contorsionaba con una flexibilidad asombrosa y hasta alguna vez estuvo a punto de ir de bruces al suelo, pero inmediatamente volvía a tomar impulso grácil y armonioso llenado de poesía el lugar.
Si alguien la hubiera visto en semejante tesitura habría pensado que estaba loca, pues los cuerdos de este mundo no alcanzan a entender las acciones que se salen de lo correctamente establecido.
Pero ella necesitaba sentirse viva cada primavera junto a la naturaleza y así continuó largo rato con su danza que formaba parte de un ceremonial tan suyo. Estaba tan metida en su papel que se le antojaba estar representando una gran obra, aunque solo tuviera como espectador aquel insignificante pajarillo.
El sol comenzaba a despedirse en el horizonte.  Ella le tiró un beso al aire a aquel pequeño ser, mientras se perdía por el camino de vuelta.

11 comentarios:

El tejón dijo...

Bendita locura.
Que agradecido es es petirrojo, hasta sabe posar.
Un abrazo.

llorenç Gimenez dijo...

Hola Maripaz.. Es que cuando la naturaleza nos invita a vivir con alegría y con ilusión, somos capaces de todo, hasta yo seria capaz de bailar y más con unos espectadores tan maravillosos. Eso si como mucho un baile de salon, lentito y agarradito, para no tropezarse..
Un abrazo bailongo..

Carmela dijo...

Una con la vida.
Hermosa manera de sentirla.
Precioso, Maripaz.
Besos.

Mari-Pi-R dijo...

Con las cosas sencillas se logran grandes lineas de pensamientos como en tu relato, un abrazo.

Susana A dijo...

He sentido como si estuviera allī. Un beso.

TORO SALVAJE dijo...

Ella y el pajarillo...
Qué hermosura de escena.
En la sencillez de las cosas radica la más grande de las bellezas.

Besos.

Tesa Medina dijo...

He sentido esa hierba fresquita bajo mis pies, y mi falda en vuelo, y los olores nuevos que nos trae la primavera después de tanta necesaria lluvia.
Ay, Maripaz, lo cuentas de una manera que me haces vivir y sentir ese momento.

Soy de las locas que se quita los zapatos y camina por la hierba, baila, abraza los árboles, habla con los pajarillos y los gatos...

¡Como entiendo a esta "loca" de aquí.

Un abrazo,

Kasioles dijo...

Lo cierto es que tus letras contagian.
Has logrado que me sienta primavera y eso es de mucho agradecer.
Trataré que mi imaginación siga volando como ese bello pajarillo.
Cariños.
kasioles

Sara O. Durán dijo...

Qué más necesitaría. Con el pajarillo era más que suficiente para hacer de ese momento lo más pleno.
Un abrazo 🌸 🐦

A Casa Madeira dijo...

Que adorável passarinho.
janicce.

Conxita Casamitjana dijo...

La importancia de disfrutar de los pequeños detalles.
Muy tierno Maripaz
Besos